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¿Por qué mentimos?

In Catalejo by Jose PeinadoLeave a Comment

Yudhijit Bhattacharjee, escritor y articulista especializado en ensayos sobre espionaje y cibercrimen, es también colaborador ocasional en National Geographic. En su nuevo libro, The Spy Who Could not Spell, ha escrito sobre la tendencia humana a mentir y engañar. En enero de 2015 ya apareció en la revista escribiendo sobre el cerebro de los recién nacidos. Ahora vuelve a colaborar con este artículo que pretende desgranar las principales claves que impulsan a los adultos a mentir.

Traduzco a continuación este interesante (extenso y documentado) artículo. El original, que puedes leer pinchando aquí, incluye ejemplos adicionales que no he traducido para no hacer demasiado largo el post, pero que resultan muy interesantes como apoyo de sus explicaciones. Si no tienes problemas con el inglés, te recomiendo el original.


En otoño de 1989 la Universidad de Princeton recibió en su primer curso a un joven llamado Alexey Santana, cuya historia vital resultó extraordinariamente convincente al Comité de Admisiones. Aquel chico apenas había recibido educación formal. Había pasado su adolescencia por su cuenta, viviendo al aire libre en Utah, donde había criado vacas, ovejas y leído filosofía. Corriento en el desierto de Mojave, se había preparado para ser un corredor de larga distancia. Santana rápidamente se convirtió en la estrella del Campus. Acádemicamente también lo hizo bien, sacando sobresalientes en casi todos los cursos. Su carácter reservado e inusual lo impregnaban de un enigmático atractivo. Cuando su compañero de habitación le preguntó cómo conseguía que su cama estuviera perfectamente hecha, respondió que dormía en el suelo. Parecía perfectamente lógico que alguien que había pasado la mayor parte de su vida durmiendo al aire libre no tendría apego por una cama.

Excepto que la historia de Santana era mentira. Cerca de 18 meses después de que fuera admitido, una mujer lo reconoció como alguien con quién coincidió en el instituto de Palo Alto en California seis años antes, pero que se hacía llamar Jay Huntsman. Pero tampoco ese era su verdadero nombre. Los funcionarios de Princeton finalmente se enteraron de que en realidad era James Hogue, un hombre de 31 años que había cumplido una sentencia de prisión en Utah por posesión de herramientas robadas y bicicletas. Lo expulsaron de Princeton.
En los años posteriores, Hogue ha sido detenido varias veces por  robo. En noviembre, cuando fue arrestado por robar en Aspen, Colorado, trató de hacerse pasar por otro.
La historia de la humanidad está plagada de hábiles mentirosos como Hogue. Muchos son criminales que mienten y tejen engaños para ganar recompensas injustas, como hizo el financiero Bernie Madoff durante años, engañando a inversores de miles de millones de dólares hasta que su estafa piramidal  se derrumbó. Algunos son políticos que mienten para llegar al poder o aferrarse a él, como Richard Nixon  cuando negó cualquier papel en el escándalo de Watergate.
A veces la gente miente para mejorar su imagen -una motivación que podría explicar mejor la demostrada falsa aseveración del presidente Donald Trump de que el público que asistío a su investidura fue mayor que el que lo hizo a la del presidente Barack Obama. La gente miente para encubrir el mal comportamiento, como lo hizo el nadador estadounidense Ryan Lochte durante los Juegos Olímpicos de Verano de 2016 alegando haber sido robado a punta de pistola en una gasolinera cuando, en realidad, él y sus compañeros de equipo tuvieron que ser reducidos por los guardias de seguridad después de causar destrozos en la mencionada gasolinera completamente ebrios. Incluso la ciencia académica -un mundo en gran parte habitado por personas dedicadas a la búsqueda de la verdad- ha demostrado contener una galería de mentirosos y de pícaros, como el físico Jan Hendrik Schön, cuyos manipulados avances en la investigación de semiconductores moleculares resultaron ser fraudulentos.
Estos mentirosos ganaron notoriedad por lo descaradas o dañinas que resultaron sus mentiras. Pero su engaño no los hace tan aberrantes como podríamos pensar. Las mentiras de impostores, estafadores y  políticos  son la punta de la pirámide de falsedades que han caracterizado el comportamiento humano durante milenios.
Mentir es algo en lo que la mayoría de nosotros somos muy expertos. Mentimos con facilidad,  mentiras grandes y pequeñas, a extraños, compañeros de trabajo, amigos y seres queridos. Nuestra capacidad de deshonestidad es tan parte de nosotros como nuestra necesidad de confiar en los demás, lo que irónicamente nos hace malísimos para detectarlas. Ser mentiroso está incorporado en nuestro adn, por lo que habría que concluir que mentir es humano.
La ubicuidad de la mentira fue documentada sistemáticamente por Bella De Paulo, psicóloga social de la Universidad de California en Santa Bárbara. Hace dos décadas, De Paulo y sus colegas pidieron a 147 adultos que, durante una semana, anotaran  cada vez que trataban de engañar a alguien. Los investigadores encontraron que los sujetos mintieron de media una a dos veces al día (suponiendo que no mintieran a su vez sobre cuántas veces mintieron). La mayoría de estas mentiras eran inofensivas, destinadas a ocultar carencias o como protección de los sentimientos de los demás. Algunas mentiras eran excusas: uno de ellos culpaba al sistema de que no sacaba la basura al no saber el lugar al que tenía que llevarla. Sin embargo, otras mentiras -como la hacerse pasar por hijo de un diplomático- tenían como objetivo presentar una imagen falsa. Si bien estas fueron “mentirijillas”, un estudio posterior de De Paulo y otros colegas que participaron en una prueba similar indicó que la mayoría de la gente ha dicho en algún momento de su vida una o más “mentiras serias” – ocultando un asunto conyugal, por ejemplo, o aportando datos falsos en una solicitud de la universidad o en un trabajo.
Que los seres humanos poseen universalmente un talento para engañar no debe sorprendernos. Los investigadores especulan que la mentira es un comportamiento surgido no mucho después de la aparición del lenguaje. La capacidad de manipular a los demás sin usar la fuerza física probablemente confirió una ventaja en la competencia por recursos y compañeros, similar a la evolución de estrategias engañosas en el reino animal, como el camuflaje. “Mentir es mucho fácil comparado con otras formas de ganar poder”, señala Sissela Bok, profesora de ética en la Universidad de Harvard, una de las personalides más destacadas en el estudio de este tema. “Es mucho más fácil mentir para conseguir el dinero o la riqueza de alguien que golpearlos con la cabeza o robar un banco”.
Como la mentira ha llegado a ser reconocida como un rasgo humano profundamente arraigado, los investigadores de las ciencias sociales y los neurocientíficos han tratado de aclarar  la naturaleza y las raíces de esta conducta. ¿Cómo y cuándo aprendemos a mentir? ¿Cuáles son los fundamentos psicológicos y neurobiológicos para ser deshonestos?  ¿Dónde la mayoría de nosotros traza el límite? Los investigadores están aprendiendo que somos propensos a creer algunas mentiras, incluso cuando se nos demuestra que son inequívocamente falsas. Estos puntos de vista sugieren que nuestra tendencia a engañar a los demás y nuestra vulnerabilidad a ser engañados son especialmente importantes en la era de los medios sociales. Nuestra capacidad como sociedad para separar la verdad de la mentira está bajo una amenaza sin precedentes.
Cuando estaba en tercero, uno de mis compañeros trajo a la escuela una hoja de pegatinas de coches de carreras  para enseñarlas. Las pegatinas eran deslumbrantes. Las deseaba, así que me quedé rezagado durante la clase de gimnasia y pasé la hoja de su mochila  a la mía. Cuando el resto de estudiantes regresó, mi corazón estaba acelerado. Sentía pánico a que me descubrieran, pensé en una mentira preventiva. Le dije a la maestra que dos adolescentes habían aparecido en una moto, entrado en la clase, registrado las mochilas y huyeron con las pegatinas. Como era de esperar, esta coartada se derrumbó con el más ligero de los interrogatorios, y de mala gana devolví lo que había robado.
Mi  ingenua mentira fue igualada por mi credulidad en sexto, cuando un amigo me dijo que su familia poseía una cápsula voladora que podía transportarnos a cualquier parte del mundo. Preparándome para viajar en esta nave, le pregunté a mis padres si podían hacerme algunas comidas para el viaje. Incluso cuando mi hermano mayor se rió, me negué a no creer la afirmación de mi amigo, y llamó al padre de mi amigo para finalmente convencerme de que me habían engañado.
Estas mentiras que mi amigo y yo dijimos no eran nada fuera de lo común en niños de nuestra edad. Al igual que aprender a caminar y hablar, mentir es un hito más del desarrollo. Mientras que los padres a menudo encuentran las mentiras de sus hijos preocupantes -porque señalan el comienzo de una pérdida de inocencia- Kang Lee, un psicólogo de la Universidad de Toronto, ve la aparición de este comportamiento en los niños pequeños como un signo tranquilizador de que su crecimiento cognitivo está en orden.
Para estudiar la mentira en los niños, Lee y sus colegas utilizan un experimento simple. Piden a los niños que adivinen la identidad de una serie de juguetes ocultos, basándose en una pista de audio. Para los primeros juguetes, la pista es obvia: un ladrido para un perro, un maullido para un gato, y los niños responden fácilmente. Entonces lo siguiente e el sonido de algo que no tiene nada que ver con el juguete. “Así que tocas Beethoven, pero el juguete es un coche”, explica Lee. El experimentador sale de la habitación con el pretexto de hacer una llamada telefónica -una mentira por el bien de la ciencia- y le pide al niño que no mire el juguete. Volviendo, el experimentador pregunta al niño por la respuesta, siguiendo con la pregunta: “¿Echaste un vistazo o no?” La mayoría de los niños no pudieron resistirse a mirar a escondidas, sin saber que estaban siendo observados por Lee y sus investigadores mediante cámaras ocultas. El porcentaje de los niños que echan un vistazo y luego mienten depende de la edad. Entre los mentirosos de dos años de edad,  el 30 por ciento. Entre los niños de tres años, el 50 por ciento miente. Y de ocho, alrededor del 80 por ciento afirma que no ha mirado.
Los niños también mejoran al mentir a medida que crecen. Al adivinar el juguete que miraban en secreto, los niños de tres y cuatro años sueltan la respuesta correcta, sin darse cuenta de que la complejidad de adivinar el jugujete simplemente escuchando a Bethoven  revela su mentira. A las siete u ocho años, los niños aprenden a enmascarar su mentira dando deliberadamente una respuesta equivocada o tratando de hacer que su respuesta parezca una conjetura razonada.
 Los niños de cinco y seis años están a medio camino. En un estudio, Lee utilizó al dinosaurio Barney como juguete. Una niña de cinco años, que negó haber mirado el juguete escondido debajo de un paño, le dijo a Lee que quería sentirlo antes de adivinar. “Así que ella pone su mano debajo del paño, cierra sus ojos, y dice, ‘Ah, yo sé que es Barney,'” relata Lee. “Yo le pregunto, ‘¿Por qué?’ Ella dice, ‘Porque lo noto color morado”.
Lo que impulsa este aumento en la “sofisticación mentirosa” es el desarrolló de la capacidad de un niño para ponerse a sí mismo en los zapatos de otra persona. Conocida como teoría de la mente, esta es la facilidad que adquirimos para comprender las creencias, las intenciones y el conocimiento de los demás. También fundamental para mentir es la función ejecutiva del cerebro: las habilidades necesarias para la planificación, la atención y el autocontrol. Los niños de dos años que mintieron en los experimentos de Lee se desempeñaron mejor en las pruebas de la teoría de la mente y la función ejecutiva que los que no lo hicieron. Incluso a los 16 años, los niños que eran unos mentirosos competentes superaban a los  mentirosos más inexpertos. Por otro lado, los niños en el espectro del autismo -que se demora en desarrollar una robusta teoría de la mente- no son buenos mintiendo.
Recientemente, una mañana, tomé un Uber para visitar a Dan Ariely, un psicólogo de la Universidad de Duke y uno de los principales expertos mundiales en economía del comportamiento y en el estudio de “la mentira”. El interior del coche, aunque limpio, tenía un fuerte olor a calcetines sudorosos y el conductor, aunque cortés, tuvo problemas para encontrar el camino. Cuando finalmente llegamos allí,  me preguntó sonriendo si le daría una clasificación de cinco estrellas. “Claro,” contesté. Más tarde, le concedí tres estrellas. Mitigué mi sentimiento de culpa diciéndome que era mejor no engañar a miles de usuarios de Uber.
Ariely se fascinó con el asunto de la “deshonestidad” hace unos quince años. Hojeando una revista en un vuelo de larga distancia, se encontró con una prueba de aptitud mental. Respondió a la primera pregunta y miró en la parte de atrás de la revista para verificar si su respuesta era la correcta. Se dio cuenta de que echaba un vistazo también a la respuesta de la siguiente pregunta. Siguiendo en esta línea durante toda la prueba, Ariely, sorprendentemente, marcó todo como muy bien. “Cuando terminé, pensé: me estoy engañando a mí mismo”, reconoce. “Probablemente quería saber lo inteligente que soy, pero también quería demostrar que soy inteligente por mí mismo”. La experiencia llevó a Ariely a desarrollar un interés  en el estudio de la mentira y otras formas de deshonestidad.
En varios experimentos él y sus colegas han recorrido el  campus universitario buscando voluntarios a los que se les da una prueba con veinte problemas de matemáticas simples. Deben resolver tantos como puedan en cinco minutos y se les recompensa en metálico en función de los que resuelven correctamente. Posteriormente se les dice que van a tirar la hoja de respuestas en una trituradora antes de preguntarles  sobre el número de respuestas que resolvieron correctamente. Pero las hojas no se destruyen realmente. El resultado: un montón  de voluntarios mienten. En promedio, los voluntarios reportan haber resuelto seis respuestas, cuando en realidad no eran más de cuatro. La mayoría de nosotros mentimos, se diría que nos cortamos un poco, pero lo hacemos.
La pregunta que Ariely encuentra interesante no es por qué tantos mienten, sino por qué no mienten mucho más. Incluso cuando la cantidad de dinero ofrecida para respuestas correctas se eleva significativamente, los voluntarios no aumentan su nivel de engaño. “Aquí le damos a la gente la oportunidad de robar mucho dinero, y la gente sigue engañando sólo un poco. Así que algo nos impide -a la mayoría de nosotros- de no mentir todo el tiempo “, dice Ariely. La razón, según él, es que queremos vernos como honestos, porque en cierta medida, hemos interiorizado la honestidad como valor que nos enseña la sociedad. A menos que uno sea un sociopata, la mayor parte de nosotros pone límites en cuánto estamos dispuestos a mentir. Hasta qué punto la mayoría de nosotros estamos dispuestos a sobrepasar el límite , está determinado por las normas sociales que se consiguen mediante un consenso tácito, como la “aceptación” de llevarse a casa bolígrafos de la oficina.
El equipo de Patrick Couwenberg y otros jueces de la Corte Superior del Condado de Los Angeles creyeron que era un héroe americano. Le habían concedido un corazón púrpura en Vietnam. Había participado en operaciones encubiertas de la CIA. El juez presumía de una formación académica impresionante, así como un título universitario en física y una Master en psicología. Nada de eso era cierto. Cuando tuvo que hacer frente a la acusación, la defensa de Couwenberg fue culpar de su comportamiento a un trastorno llamado pseudologia fantástica, una tendencia a contar historias que contienen hechos entretejidos con fantasía. El argumento no le salvó de ser retirado de su puesto en 2001.
Parece que no hay acuerdo entre los psiquiatras sobre la relación entre la salud mental y la mentira, a pesar de que las personas con ciertos trastornos psiquiátricos parecen exhibir conductas mentales específicas. Los individuos sociopáticos -los diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad- tienden a decir mentiras manipuladoras, mientras que los narcisistas pueden decir falsedades para impulsar su imagen.
Pero ¿hay algo distintivo en el cerebro de los individuos que mienten más que los demás? En 2005, la psicóloga Yaling Yang y sus colegas compararon los escáneres cerebrales de tres grupos: 12 adultos con historial de mentiras repetidas, 16 que cumplían los criterios de trastorno de personalidad antisocial pero no eran mentirosos frecuentes y 21 que no eran ni antisociales ni tenían mentiras habituales. Los investigadores descubrieron que los mentirosos tenían al menos un 20 por ciento más de fibras neurales por volumen en sus córtices prefrontales, lo que sugiere que los mentirosos habituales tienen mayor conectividad dentro de sus cerebros. Es posible que esto los predisponga a mentir porque pueden pensar en mentiras más fácilmente que otros, o puede ser el resultado de mentiras repetidas.
Los psicólogos Nobuhito Abe de la Universidad de Kyoto y Joshua Greene de la Universidad de Harvard escanearon los cerebros de los sujetos usando la resonancia magnética funcional (IRMf) y encontraron que aquellos que mentían mostraban una mayor activación en el núcleo accumbens -una estructura en el prosencéfalo basal que juega un papel clave  en el procesamiento de recompensas. “Cuanto más entusiasmado esté su sistema de recompensas con la posibilidad de obtener dinero, incluso en un contexto perfectamente honesto, más probabilidades tendrá de hacer trampa”, explica Greene. En otras palabras, la codicia puede aumentar la predisposición a la mentira.
Una mentira puede conducir a otra y otra, como lo demuestra la mentira suave y sin remordimientos de hombres en serie como Hogue. Un experimento de Tali Sharot, un neurocientífico en el University College de Londres, y colegas demostraron cómo el cerebro se convierte en inmune al estrés emocional que ocurre cuando mentimos, lo que facilita seguir mintiendo. En las exploraciones fMRI de los participantes, el equipo se centró en la amígdala, una región que está involucrada en el procesamiento de las emociones. Los investigadores descubrieron que la respuesta de la amígdala a las mentiras se debilitaba progresivamente con cada mentira, incluso a medida que las mentiras crecían. “Tal vez la participación en pequeños actos de engaño puede llevar a mayores actos de engaño”.
 Gran parte del conocimiento que usamos para desenvolvernos por el mundo proviene de lo que otros nos han dicho. Sin la confianza implícita que ponemos en la comunicación humana, estaríamos paralizados como individuos y dejaríamos de tener relaciones sociales. “Tenemos mucho gracias a creer en lo que nos dicen, y hay relativamente poco daño cuando ocasionalmente nos engañamos”, dice Tim Levine, un psicólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, que llama a esta idea la teoría de la verdad por defecto.

Estar programado para ser confiado nos hace intrínsecamente crédulos. Si le dices a alguien ” yo soy un piloto “, no está sentado allí pensando:” Tal vez no lo eres¨. Frank Abagnale Jr., era un consultor de seguridad que usó esta teoría de la verdad por defecto, incluyendo la falsificación de cheques y la suplantación de un piloto de línea aérea. Se hizo popular porque inspiró  la película de 2002 Atrápame si puedes (protagonizada por Leonardo Di Carpio). “Es por eso que las estafas funcionan, porque cuando el teléfono suena y el identificador de llamadas dice que es el Servicio de Impuestos Internos, la gente automáticamente cree que es el IRS. No se dan cuenta de que alguien podría manipular el identificador de llamadas. ”

Robert Feldman, un psicólogo de la Universidad de Massachusetts, habla sobre la ventaja del mentiroso. “La gente no espera mentiras, la gente no está buscando mentiras”, dice, “y la mayoría de las veces, la gente quiere escuchar lo que está oyendo”. Nos resistimos poco a los engaños que nos complacen y nos consuelan -la falsa alabanza o la promesa de rendimientos de inversión increíblemente altos. Cuando nos alimentan las falsedades de personas que tienen riqueza, poder y estatus, parecen ser aún más fáciles de tragar, como lo demuestran los informes de los medios de comunicación de la demanda de robo de Lochte, que se desentrañó poco después.

Los investigadores han demostrado que somos especialmente propensos a aceptar mentiras que afirman nuestra cosmovisión. Los Memes que afirman que Obama no nació en los Estados Unidos, niegan el cambio climático, acusan al gobierno de Estados Unidos de dirigir las huelgas terroristas del 11 de septiembre de 2001 y difunden otros “hechos alternativos”, como suelen pregonar los asesores de Trump, propsperan en Internet y en las redes sociales debido a esta vulnerabilidad. Desacreditarlos no demuele su poder, porque la gente evalúa la evidencia que se les presenta a través de un marco de creencias y prejuicios preexistentes, dice George Lakoff, lingüista cognitivo de la Universidad de California en Berkeley. “Si llega un hecho que no encaja en tu marco, tampoco lo notarás, ni lo ignorarás, ni lo ridiculizarás, ni te sorprenderá, ni lo atacarás si es amenazado”.

Un estudio reciente dirigido por Briony Swire-Thompson, en proceso de doctorado en psicología cognitiva en la Universidad de Australia Occidental, documenta la ineficacia de la información basada en la evidencia en la refutación de las creencias incorrectas. En 2015 Swire-Thompson y sus colegas presentaron a unos 2.000 estadounidenses adultos dos declaraciones: “Las vacunas causan autismo” o “Donald Trump dijo que las vacunas causan autismo”. (Trump ha sugerido repetidamente que existe un vínculo, a pesar de la falta de evidencia científica para ello.)

No es sorprendente que los participantes que eran partidarios de Trump mostraran una creencia decididamente más fuerte en la desinformación cuando tenía el nombre de Trump unido a ella. Después, a los participantes se les dio una breve explicación -que citaba un estudio a gran escala- de por qué el vínculo vacuna-autismo era falso, y se les pidió que reevaluaran su creencia en él. Los participantes -a través del espectro político- aceptaron ahora que las declaraciones que afirmaban el vínculo eran falsas, pero preguntándoles una semana más tarde demostraron que su creencia en la desinformación había recuperado casi al mismo nivel.

Otros estudios han demostrado que la evidencia que socava las mentiras puede de hecho fortalecer la creencia en ellas. “Es probable que la gente piense que la información familiar es verdadera”.

Experimenté este fenómeno de primera mano poco después de hablar con Swire-Thompson. Cuando un amigo me envió un enlace a un artículo que clasificaba a los 10 partidos políticos más corruptos del mundo, lo envié rápidamente a un grupo de WhatsApp de unos cien amigos de la escuela secundaria de la India. La razón de mi entusiasmo fue que el cuarto lugar en el ranking lo ocupaba el Partido del Congreso de la India, que en las últimas décadas ha estado implicado en numerosos escándalos de corrupción. Me regocijé con alegría porque no soy fan de este tipo de acciones.

Pero poco después de compartir el artículo, descubrí que el ranking, que incluía partidos de Rusia, Pakistán, China y Uganda, no se basaba en ningún parámetro. Lo había hecho un sitio llamado BBC Newspoint, que sonaba como una fuente creíble. Pero descubrí que no tenía conexión con la British Broadcasting Corporation. Envié una disculpa al grupo de Whatsapp, señalando que el artículo era con toda probabilidad una falsa noticia.

Eso no impidió que otros compartiesen el artículo con el grupo varias veces durante el día siguiente. Me di cuenta de que la corrección que había publicado no había tenido ningún efecto. Muchos de mis amigos -que compartían mi antipatía hacia el Partido del Congreso- estaban convencidos de que el ranking era verdadero, y cada vez que lo compartían, inconscientemente, o tal vez conscientemente, lo empujaban hacia la legitimidad. Combatirlo con los hechos sería en vano.

Entonces, ¿cuál sería la mejor manera de impedir el avance de las falsedades en nuestras vidas colectivas? La respuesta no está clara. La tecnología ha abierto una nueva frontera para el engaño, agregando un giro inesperado en pleno siglo XXI al viejo conflicto entre nuestro yo mentiroso y el confiado.